Tenía 15 años cuando las cosas comenzaron a tornarse mal en mi vida, al menos eso pensaba dentro de mi cabeza.
Caminaba desde mi colegio hasta mi casa, después de una jornada exhausta de teorías acerca de las Guerras Mundiales y conocimientos de valores que no muchas personas tienen, pero que nosotros debíamos tener obviamente, por eso pertenecíamos a un colegio católico; las razones por las que debemos amarnos unos a otros; santos que habían existido y que por alguna razón hicieron cosas buenas y por eso no se destruyeron como barro dentro de un ataúd como todos los demás lo vamos a hacer.
Casi a cuadra y media de mi casa ya acabando el día, los pasos se hicieron más fuertes, la caminata más rápida, la sombra más tenue y todo mi alrededor en contra de mi propio ser. En mi tonto pensar me asegure de que todo fuese mentira y que la historia al parecer se trataría de un secuestro hollywoodense, un rescate aéreo con toda mi familia esperándome y un súper agente al mando de este.
Casi con mis ojos entrecerrados acabando el día con la esperanza de descansar y volver otra vez a la monotonía contemporánea lleno de conocimiento impuesto, en el único lugar donde su prestación no es muy notoria y no te cobran la entrada, mi habitación. Disponiéndome a llevar mi mente al más allá, cerrando mis ojos divise a mi balón favorito de basquetbol moviéndose de un lado al otro, luego comenzó a ir de arriba abajo sin tocar el suelo, era extremadamente extraordinario el miedo que sientes antes de morir. Esto sucedió en las primeras noches de mi larga angustia.
Otra noche, para algunos otro final, para mi otro nuevo comienzo. Dormía plácidamente sintiendo sin más alguien que me observaba, sin pensarlo dos veces abrí mis ojos. Un niño yacía en el lado inferior de mi cama, todo mi cuerpo temblaba, temía morir y no despedirme, temía dejar mi futuro atrás, temía al presente. El ambiente se torno obscuro, la habitación parecía más bien una tumba, la soledad se fundía en mi como un fluido en mi sangre, mis manos sudaban, mi cuerpo temblaba, mi espíritu salía de mi cuerpo. Ese pequeño ser que se encontraba acompañándome todas las noches y que al fin pude verlo era pálido, parecía tener frío, pero esto no le quitaba la ternura que un niño puede tener en su edad sin más saberlo que no es la belleza que tenemos impuesta en la sociedad, es una belleza rara pero que en este sentido no deja de serlo. Cinco noches fueron y el venía a su visita, no sin más movimientos, pero la última la hizo de una manera diferente. Susurros en mis oídos, voces de pequeños riendo y jugueteando, un sonido ligero que se acercó a mi pidiendo ayuda. ¿Pero como yo iba a ayudarlo?, no soy sino la apariencia a quien se le tornaría difícil ser más, negándome a toda posibilidad de acercarme a él y brindarle mi mano. Apareciendo más cerca de mis ojos con su pequeña mano toco mis pies, sentí el frio de la muerte. Después de largas horas y noches de miedo no resistí mas su presencia, dormí en la habitación acompañada de mi madre, todos sabemos que ellas son una gran protección y que en nuestro tonto pensar decimos que a su lado no nos harán daño, será tal vez porque tiene menos pecados que nosotros, lógicamente ella no creía las cosas que le contaba, igual, hasta yo pensaba que estaba loca. Una sombra rodeo mi ventana, ingresando en la habitación era imposible no verla, mi madre despertó apurada, las cosas se cayeron, el vidrio se rompió. Era como una despedida que me separaba de él, no sin antes dejarme en claro que le dolía el corazón porque no encontró la ayuda que buscaba.
Tenía 15 años cuando las cosas comenzaron a tornarse mal en mi vida, al menos eso pensaba dentro de mi cabeza.
Caminaba desde mi colegio hasta mi casa, después de una jornada exhausta de teorías acerca de las Guerras Mundiales y conocimientos de valores que no muchas personas tienen, pero que nosotros debíamos tener obviamente, por eso pertenecíamos a un colegio católico; las razones por las que debemos amarnos unos a otros; santos que habían existido y que por alguna razón hicieron cosas buenas y por eso no se destruyeron como barro dentro de un ataúd como todos los demás lo vamos a hacer.
Casi a cuadra y media de mi casa ya acabando el día, los pasos se hicieron más fuertes, la caminata más rápida, la sombra más tenue y todo mi alrededor en contra de mi propio ser. En mi tonto pensar me asegure de que todo fuese mentira y que la historia al parecer se trataría de un secuestro hollywoodense, un rescate aéreo con toda mi familia esperándome y un súper agente al mando de este.
Casi con mis ojos entrecerrados acabando el día con la esperanza de descansar y volver otra vez a la monotonía contemporánea lleno de conocimiento impuesto, en el único lugar donde su prestación no es muy notoria y no te cobran la entrada, mi habitación. Disponiéndome a llevar mi mente al más allá, cerrando mis ojos divise a mi balón favorito de basquetbol moviéndose de un lado al otro, luego comenzó a ir de arriba abajo sin tocar el suelo, era extremadamente extraordinario el miedo que sientes antes de morir. Esto sucedió en las primeras noches de mi larga angustia.
Otra noche, para algunos otro final, para mi otro nuevo comienzo. Dormía plácidamente sintiendo sin más alguien que me observaba, sin pensarlo dos veces abrí mis ojos. Un niño yacía en el lado inferior de mi cama, todo mi cuerpo temblaba, temía morir y no despedirme, temía dejar mi futuro atrás, temía al presente. El ambiente se torno obscuro, la habitación parecía más bien una tumba, la soledad se fundía en mi como un fluido en mi sangre, mis manos sudaban, mi cuerpo temblaba, mi espíritu salía de mi cuerpo. Ese pequeño ser que se encontraba acompañándome todas las noches y que al fin pude verlo era pálido, parecía tener frío, pero esto no le quitaba la ternura que un niño puede tener en su edad sin más saberlo que no es la belleza que tenemos impuesta en la sociedad, es una belleza rara pero que en este sentido no deja de serlo. Cinco noches fueron y el venía a su visita, no sin más movimientos, pero la última la hizo de una manera diferente. Susurros en mis oídos, voces de pequeños riendo y jugueteando, un sonido ligero que se acercó a mi pidiendo ayuda. ¿Pero como yo iba a ayudarlo?, no soy sino la apariencia a quien se le tornaría difícil ser más, negándome a toda posibilidad de acercarme a él y brindarle mi mano. Apareciendo más cerca de mis ojos con su pequeña mano toco mis pies, sentí el frio de la muerte. Después de largas horas y noches de miedo no resistí mas su presencia, dormí en la habitación acompañada de mi madre, todos sabemos que ellas son una gran protección y que en nuestro tonto pensar decimos que a su lado no nos harán daño, será tal vez porque tiene menos pecados que nosotros, lógicamente ella no creía las cosas que le contaba, igual, hasta yo pensaba que estaba loca. Una sombra rodeo mi ventana, ingresando en la habitación era imposible no verla, mi madre despertó apurada, las cosas se cayeron, el vidrio se rompió. Era como una despedida que me separaba de él, no sin antes dejarme en claro que le dolía el corazón porque no encontró la ayuda que buscaba.

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