Antes de comenzar esta historia, quisiera darle un tributo a aquel que hizo realidad la vida de toda una generación que está y sigue precedida de muchos años. Tengo el privilegio de ver a mi abuelo sentado junto a mi pintando en el asfalto, una foto en una hoja de periódico y saber que los periodistas van siempre a retratar al único habitante que llego a esa calle desde los 8 años y ahora con 90 años de edad sigue ahí y seguirá hasta que el Todo Poderoso lo decida.
En su rostro veo el renacer de la vida, veo la forma en que uno regresa a la niñez después de haber atravesado cualquier clase de situaciones y veo la base de toda una fortaleza.
Historias que la misma memoria que las guardó las borra de manera singular, pero que solo quedaran dentro de aquel que las vivió.
La mente comienza a ser débil desde el momento en que pasan los años, pero hay cosas que son la herida que queda, es como la marca que les colocan a los caballos o a los bueyes para saber si son buenos o malos, por eso uno las recuerda. Veo a lo lejos a mi madre, no la alcance a conocer, me la imagino en mi cabeza, como una estrella que iluminó mi vida, no se si se parece a mi, su brillo no deja ver sus facciones, lastimosamente a ella no la conocí, murió cuando era un niño, tampoco la recuerdo solo sé que la quiero mucho, después de todo ella me tiene aquí. Mi papá era un gran hombre, tampoco me acuerdo muy bien de el, ni de mi hermana ni de mi hermano, ni siquiera se si es verdad que ellos son mi familia, solo se que cuando tenía 80 años de edad, vino una señora a visitarme y a decirme que era sangre de mi sangre, pero después nombraré esa experiencia.
Vivíamos en el campo, mi papá tenía uno de los más grandes terrenos que había en Jongobito, era un importante agricultor o “como lo llamen ahora”; conocía gente importante, pero era muy amigo de tres señoras que todos llamaban como “Las niñas” quienes vivían en la finca que estaba junto a la de nosotros.
Ellas comerciaban nuestras verduras y las sacaban al mercado ya que pertenecían a la ciudad.
Más o menos a los 8 años de edad, si es que la razón y los recuerdos no me fallan, mi padre me llevo a la finca de esas señoras, que por ese entonces estaban de visita. Nos sentamos en la sala, no tenía ganas ni de sentarme, esa casa parecía un museo lleno de cosas lujosas. Ellas le dieron una bolsa con unas monedas y mi padre me dejo allí. Nunca más lo volví a ver y… (La escuela)…salí con lo que en esa época se necesitaba, leer y escribir. Me subieron a un carro y me llevaron a la ciudad.
La casa era bastante grande, parecía la misma finca. Primero me sentaron en el salón de visitas, me dieron la bienvenida diciéndome que ese sería mi nuevo hogar, me dijeron sus nombres que hasta entonces los conocí: Mercedes, la menor; Alicia, la segunda y Tulia la mayor, luego me dieron el oficio de asear la casa. No me trataban como empleado más bien como parte de su familia. Me sentaba junto a ellas en la cena, lo cual era un privilegio que no lo tenía cualquiera, muchas veces “La niña Tulia” se sentaba junto a mi antes de dormir y me contaba una historia o tenía el gusto de sentarme con ellas a tomar el té.
Cuando ya estaba un poco más grande, más o menos tenía 15 años, me mandaron a la finca a trabajar como peón. Muchos empleados me ayudaron y me enseñaron a hacer diferentes cosas, pero mi primera pregunta fue la “tontera” más grande del mundo, en donde quedé como un bobo delante de todos. Mi pregunta fue: ¿Por qué a ellas les dicen niñas? En ese momento no entendí las risas, ahora me doy cuenta de la razón de estas y me rio también. Uno de los trabajadores me contesto que a ellas les decían así porque era una forma de respeto a aquellas mujeres que no estaban casadas y no habían tenido ninguna relación sentimental ni de ninguna forma con ningún hombre. En fin, mi tarea principal era el mismo trabajo que tenía mi padre como agricultor. Trabajaba todos los días excepto el domingo, donde teníamos libertad de salir al pueblo a dar un paseo y los sábados en la noche donde íbamos a cantinas cercanas y si teníamos suerte, íbamos a celebrar las fiestas patronales o alguna otra fiesta que se hacía en la plaza del lugar.
Mercedes, o como la llamábamos todos “La niña Miche”, era la que más visitaba la finca y se acercaba siempre a mí a preguntarme de cómo estaba mi vida, de igual forma ella me mandaba saludos de parte de sus hermanas. El terreno de al lado lo habían comprado ellas, es decir el de mi papá, nunca pedí ni tampoco tuve información de él por parte de ellas, pienso que creían que no me acordaba de las cosas porque era muy pequeño. Luego llevaron a una señorita llamada Carmela a trabajar en la cocina y a servirnos los alimentos a nosotros. Se hizo muy amiga mía y salíamos juntos y con otros peones.
Un día en una fiesta patronal conocí a una joven llamada Judith, ella vivía cerca y siempre nos encontrábamos los fines de semana cuando los dos teníamos tiempo de salir a dar una vuelta. Me fui enamorando poco a poco de ella y me gustaba su forma de ser. No era recatada, no ocultaba nada de sí misma. Nos sentábamos en una mesa en la cantina, nos servían aguardiente, ella tomaba la misma cantidad que yo, cuando terminábamos iba a dejarla a su casa y su padre salía con su correa a perseguirme. Y así fue como termine queriéndola tal y como es, era de las que pensaban que los hombres y las mujeres podían hacer las mismas cosas, donde le resultaba fácil ponerse a tomar junto a mi y tomar y tomar a la par, ella y yo, muchas veces también tubo que ir a dejarme ella a la finca, porque yo terminaba sin poder caminar.
Ella se salió de su casa cuando tenía más o menos 17 años y vino a vivir conmigo a la finca, pedimos el premiso de “Las Niñas”, y ellas le dieron trabajo allí. Luego de unos años me enteré de que estaba en embarazo y por lo tanto tuve que avisarle a “La niña Miche” para que ya no siguiera trabajando más como agricultora sino que tuviera un oficio más fácil para su condición, así que le dio la tarea de ayudar en la cocina. Tuvimos nuestro primer hijo cuando ella tenía 22 años y yo tenía 27.
Luego, por razones de salud de “La Niña Tulia”, fuimos a trabajar a la ciudad en la casa. Judith se encargaba de servirla y ayudarla porque estaba muy enferma. Ella quería mucho a nuestro hijo por lo tanto decidimos nombrarla su madrina, además su salud empeoraba cada ves más y ese era su más grande sueño. Tulia murió por lo tanto la casa y las propiedades quedaban a cargo de la hermana que seguía según el testamento. Nosotros seguíamos trabajando en la casa, de igual manera ellas ayudaban con los gastos del niño porque lo querían mucho. Luego de cuatro años tuvimos nuestro segundo hijo quien era tratado de la misma forma por ellas, y me colaboraban mucho con sus gastos, además me brindaban lo más prodigioso que era la vivienda y el trabajo. “La niña Alicia” comenzó a colocarse un poco enferma y luego de un tiempo murió dejando todo a nombre de “La niña Miche”.
Judith y yo tuvimos 6 hijos, nos casamos después de tener al primero, cuando tenía 80 años una mujer fue a mi casa a decirme que era mi hermana, no supe si era verdad o mentira, me mostró una foto de mi cuando era niño junto a ella y a otro niño en el terreno de mi padre. Nunca volvió a venir a la casa.
“La niña Miche” murió, en su testamento dejó la casa dividida en tres partes, una era para mi y mi familia, la otra para Carmela la cocinera y la otra para una vieja amiga de ellas, además de varias cosas que por escrito me había regalado. Carmela trató de adueñarse de la casa haciendo desaparecer el testamento. Gracias a Dios no pudo hacer lo que quería.
Aún vivo en esa casa y he tenido la oportunidad de ver ir y venir personas. Soy el único habitante que ha permanecido allí de todos los que han vivido en esa calle. Mi casa es una de las más antiguas de La Calle del Colorado en Santiago, una de las que no han destruido, tampoco está remodelada, está tal cuál la dejaron “Las Niñas”. Tengo el privilegio de ver a mis hijos con sus respectivas familias, de tener bisnietos y que estén pendientes de mí, de ver como llegan nuevas criaturas a formar parte de mi descendencia, ya que es una costumbre que uno de los primeros en ver las nuevas personas que nacen sea yo. Vivo junto a mi esposa Judith que ha permanecido a mi lado después de todo y así será hasta que me llegue la hora de partir.
FIDEL MONTANCHEZ

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